Al borde de la cama
Ella se sentó primero. El borde del colchón cedió bajo su peso. La falda a cuadros se arrugó sobre sus muslos.
La otra mujer se sentó después. Se apoyó con las manos a su lado. La cama era ancha, de madera oscura.
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Él llegó el último. Se detuvo frente a ellas. Su camiseta rosa tenía las mangas blancas.
La mujer de las gafas miró hacia la pared azul. No movió las manos de su regazo. Sus calcetines blancos con la raya violeta estaban muy quietos.
Él se acercó a ella. El suelo no hizo ruido. Su sombra fue larga sobre la colcha blanca.
Se sentó a su lado. El colchón se hundió un poco más. Sus piernas casi se tocaron.
Ella no se apartó. Permaneció mirando al frente. Su hombro quedó a un palmo del suyo.
La otra mujer observaba. No dijo nada. Sus jeans negros se tensaron sobre sus rodillas.
Él posó una mano en la cama, cerca de su cadera. Los dedos apuntaban hacia la mujer de gafas. La habitación guardaba silencio.
Así se quedaron. Los tres en el borde. La cama los sostenía a todos.
El jersey rojo en el suelo
Minuto cuatro y veinte. Ella se quitó el jersey.
Era rojo, de manga larga. Lo agarró por el bajo.
Se lo llevó por encima de la cabeza. Los brazos salieron después.
Lo que dejó atrás
El jersey quedó en la cama. Se veía arrugado.
Ella lo apartó con la mano. Lo empujó hacia los pies.
La tela cayó al suelo sin ruido. Se quedó allí, en un montón.
La mujer de negro lo miró. No lo tocó.
Ella llevaba ahora una camiseta debajo. Era de color claro.
Se acomodó el pelo. Se ajustó las gafas.
Él se movió más cerca. La cama crujió.
El jersey rojo no se movió más. Su viaje había terminado.
La tela sobre la piel
Ella se tendió de espaldas sobre la cubierta blanca. La falda a cuadros se arrugó bajo su peso. Los calcetines blancos con la raya violeta apuntaban al techo.
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Él se movió junto a ella. Su camiseta rosa rozó el brazo desnudo de ella. La habitación guardó un nuevo silencio.
- Ella giró la cabeza hacia la pared azul.
- Su mano izquierda se cerró sobre el patrón de la colcha.
- Un pie se deslizó unos centímetros, rozando la sábana.
- Los hombros se hundieron un poco más en las almohadas rosadas.
- La respiración le elevó el pecho desnudo, luego lo dejó caer.
- Los dedos de su mano derecha se flexionaron contra el muslo.
La tela de la falda permaneció. No se subió, no se bajó. Los cuadros se distorsionaron sobre su cadera, marcando el lugar.
Ese fue el único sitio que no cambió. Todo lo demás en la habitación esperó a que algo más comenzara.
Su mano en su entrepierna
Él inclinó el cuerpo sobre ella. Su boca se posó sobre la boca de ella. Su mano izquierda se apoyó en el colchón, cerca de su hombro. Su mano derecha descendió por su costado.
La mano se detuvo sobre el elástico de sus bragas. La palma se abrió y cubrió por completo el triángulo de tela. Los dedos se curvaron ligeramente. Ella no movió sus propias manos.
Ella giró el torso hacia su lado. Se despegó del beso. Se incorporó con un movimiento lento, apoyando el peso en un codo. Luego, se desplazó sobre él.
Su cuerpo se acomodó sobre el suyo. Sus piernas flanquearon sus caderas. Su pelo oscuro cayó sobre su rostro. Ella quedó arriba.
| Qué hacía ella | Qué hacía él |
|---|---|
| Permaneció quieta | La besó |
| Giró el torso | Mantuvo la mano en su entrepierna |
| Se incorporó | La observó moverse |
| Se tendió sobre él | Recibió su peso |
La figura de ella se recortó contra la pared azul. Las gafas ya no estaban en su sitio. Los calcetines blancos con la raya morada aún tocaban la colcha.
Él yacía debajo. Su camiseta rosa arrugada bajo el cuerpo de ella. Sus manos ahora sujetaban sus caderas. La habitación contenía el movimiento.
Mientras ella se movía
Ella se sentó sobre él, de frente. Sus piernas, con las medias blancas y violetas, lo rodearon. Él yacía quieto, con las manos a los lados.
Su cuerpo se balanceó arriba y abajo. El movimiento era constante, un vaivén que no se apresuraba. La falda a cuadros se arrugaba sobre sus muslos.
La mujer de negro observaba desde el borde de la cama. No se acercó. Sus brazos permanecieron cruzados sobre su camiseta negra.
La madera del cabecero crujió una vez. Fue un sonido seco y único en el ritmo. Nadie más lo tocó.
Ella cambió entonces el ángulo, levantándose un poco más sobre las rodillas. Su sombra se proyectó sobre la pared azul, junto a las almohadas. El balanceo se hizo más profundo, pero el ritmo se mantuvo igual. Los dedos de él se cerraron sobre la colcha blanca, arrugando el tejido con los patrones.
La mujer de los lentes inclinó la cabeza hacia atrás. Los cristales de sus gafas captaron la luz de la habitación. Su camisa roja yacía abandonada sobre la manta a cuadros. Durante varios minutos, el único movimiento en la cama fue el suyo, ese ascenso y descenso medido sobre el hombre de la camiseta rosa.
Lo que no cambió
Las almohadas rosadas seguían apiladas contra la pared azul. La manta a cuadros yacía aún doblada a sus pies. Nada de eso se desordenó.
La mesilla de noche no se movió. Los objetos sobre su superficie permanecieron en su sitio. Todo lo que no era ellos se quedó exactamente igual.
Luego, ella se detuvo. Su balanceo cesó por completo. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a cada lado de su torso.
Él se incorporó entonces. Se sentó frente a ella, sus frentes casi se tocaron. Por un momento, los dos estuvieron quietos así.
Después, ella giró. Se puso de rodillas sobre la colcha blanca. Él la siguió, arrodillándose también.
Avanzaron juntos hacia el centro de la cama. Se colocaron a cuatro patas, uno frente al otro. La mujer de negro solo miraba.
Y volvió a la cama
La mujer de negro regresó. Se detuvo un momento junto a la cama. Su sombra cayó sobre ellos.
Ella se sentó en el borde. El colchón se hundió un poco bajo su peso. Sus pies permanecieron en el suelo.
Observó. No tocó. Sus manos quedaron sobre sus propios muslos. La tela negra de su camiseta se tensó.
La otra mujer seguía arriba. Se movía con una cadencia lenta. Su pelo oscuro rozaba el pecho del hombre.
Él yacía debajo. Sus manos estaban en su cintura. Los dedos apretaban la tela de la falda a cuadros.
La mujer de negro miró la pared azul. Luego miró la mesita de noche. Volvió a mirarlos.
Nadie se dirigió a ella. Nadie cambió de postura por su llegada. La habitación absorbió su presencia.
Ella se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en sus rodillas. Su mirada ya no se movió.
El movimiento en la cama continuó. Era el único sonido. La única cosa que cambiaba.
Las almohadas rosas estaban aplastadas. La manta a cuadros estaba enredada a sus pies. Todo lo demás permanecía.
